Nada nunca acaba si algo o alguién te lo recuerda.

Quería contar que teminaba una etapa y que volvía a casa, pero ahora tengo que escribir que me marcho de nuevo al país, Irlanda, que me acogió el año pasado.

Tres meses antes sentía la necesidad de poner punto y final con un escrito que recogiera, pues ya saben, algún aprendizaje, algunos fracasos y un saco de emociones. Pero las palabras no salían y quedaron encerradas en una mente agotada y un corazón triste.

Después lo que vino fueron meses de zozobra, de oportunidades e incertidumbres, de idas y venidas, de encuentros inquietantes y retiradas a tiempo o destiempo según el prisma en que se mire; cubiertos por el manto confuso de la esperanza y la expectativa.

Escribo para mi y escribo para todos aquellos que sé que me siguen, y para quien se pueda sentir identificado en la expresión de las emociones y pensamientos que pretenden cubrir este texto. Porque sé que muchos sentimos y pensamos de una forma parecida, en cosas que nos da respeto ponerles nombre y apellidos, cuerpo y voz.

La que va a empezar el lunes 17 de agosto va a ser mi 20ª temporada como monitor, formador y entrenador de baloncesto. Tuve el anhelo de que esa efeméride fuese especial, más bien, que me hiciera sentir especial. Pero no lo siento así, no pasa nada, me digo. Pero si que pasa.

Cumpliré mi objetivo de seguir entrenando fuera de España, quizá porque no tengo la esperanza, a corto plazo, de que surja algo que me rete y me permita,como entrenador, explorar nuevos horizontes en el mundo del entrenamiento, que me exija de mi mismo y me lleve a ese estadio de vivir profesionalmente en un club profesional. No tengo miedo de confesarlo, como no lo tiene el niño de 14 años que aspira algún día jugar en la NBA.

Seguiré con la oportunidad de mejorar mi inglés, como les digo a mis amigos, aparte de seguir siendo profesional de “ésto”. Pero cuando me oigo a mi mismo expresarme así, me doy cuenta que algo no funciona. La ilusión se está resquebrajando. ¿Sigo agotado de una temporada que me llevó al límite? ¿Estoy decepcionado por mis expectativas? ¿Me ha dejado de gustar el baloncesto? Pregunta que cobra sentido cuando llevo poco más de un mes sin ver un partido. Aquellos que me conocen un poquito entienden que no hay que dejar de lado ese síntoma pese a que el remedio a venido en forma de un incesante flujo de lectura.

He pasado tanto miedo estas últimas semanas que hoy no me averguenza escribir esto que va en contra de cualquier manual de psicología positiva y la motivación que, en el ámbito puramente deportivo, se supone en todas las declaraciones de entrenadores que recién han empezado o empezarán sus respectivas pretemporadas con sus equipos.

Quizá solo esté pidiendo ayuda, puede que incluso esté ayudando a alguien que sienta algo similar, no lo sé. Solo sé que hay una fuerza que es la causante que hoy me atreva a escribir, la misma que me impide tirar la toalla y dejarlo todo, cuando no han sido pocas las veces que lo hubiera hecho.

Todo lo bueno de tener un hobby lo tiene de malo cuando este se convierte en tu profesión. Pero somos felices y afortunados de saber y sobretodo hacer lo que nos gusta. Tengo ganas de decir que no siempre es así, pese a que hay algo de cierto en la anterior afirmación, por supuesto. Confundimos con demasiada frecuencia que la excepcionalidad va ligada con el valor absoluto, que el tránsito no es posible, que la transformación no tiene cabida y los caminos son solo de un solo sentido. Me rebelo contra esta corriente de pensamiento o juicio de valor.

Todo lo bueno de conocer, de viajar, de trabajar en distintos sitios lo tiene de malo en la progresiva desaparición de los vínculos que has establecido. Pasas del miedo a perderlos a una esperanza de crear de nuevos; de evidenciar la dificultad de tal supuesto a la aceptación. ¿Cuándo lo aceptas termina todo, sueltas amarras y sigues adelante? Si, por supuesto, sigues adelante, pero la aceptación no acaba con la virulencia con que, a veces hace acto de presencia, la soledad.

Todo lo bueno de tener la confianza de tus seres queridos lo tiene de malo no ser capaz de corresponderles, porque el día día se te lleva, la distancia enfría y los abrazos que no se dan te sumergen en una profunda melancolía.

Me pregunto si esa fuerza que me impide abandonar tiene algo que ver con eso que tanto hablamos ultimamente los entrenadores, los coaches y psicológos de la pasión.

Encontré hace algún tiempo una definición de la pasión, en clave “moderna” que dice así:

Es una inclinación exclusiva hacia un objeto, estado afectivo, duradero y violento en el cual se produce un desequilibrio psicológico. El objeto de la pasión ocupa excesivamente el espíritu.

Me pregunto si es ahora en que me encuentro en ese mismo punto.

El filósofo Eugenio Trias, en su “Tratado de la Pasión” define un estado de partida en el que se encuentra la pasión con el objetivo de cambiar absolutamente su sentido, durante el mismo:

La pasión es un veneno que nos destruye, hay que rehuirla. Dejarse envenenar en aras del placer o de un ideal estético nos enajena y nos excluye, traicionando la colectividad uniforme y resignada.

Este tratado persigue derribar los prejuicios que confieren un carácter nocivo y mortal a la pasión para transformarla en un principio dinámico de vida.

¿Es hora de afrontar ese proceso? Tal vez si.

Voy a empezar una temporada desde otra posición, con otra perspectiva en cuanto a objetivos individuales. Tengo la suerte que podré hacerlo desde la cancha de baloncesto, ese lugar donde desparramas toda tu esencia. Porque como muchos ya sabéis y de grandes entrenadores lo hemos oido “un entrenador debe entrenar, debe estar en la cancha, sea en el nivel que sea”.

El lunes empiezo una nueva etapa en Dublín como entrenador principal de la North Atlantic Basketball Academy (N.A.B.A) y las Liffey Celtics de la Premier League con el objetivo que todas las partes sigamos creciendo. Desde la humildad que reconozco, me faltó la temporada pasada, con el respeto que me merecen ambas instituciones, su gente, su cultura y su manera de hacer, pensar y vivir.

Hace un año anunciaba con inmensa alegría e ilusión mi nuevo  destino profesional, la oportunidad de entrenar en el extranjero. Me he peleado cientos de veces conmigo mismo, en vano, con tal de sentir esa emoción de nuevo. Hasta que he entendido que parto desde otro punto, otro estado emocional desde el que redirigir los objetivos que me atañen tanto en el aspecto profesional como en el personal, tantas y tantas veces descuidado.

Hoy anuncio que me he dado otra oportunidad, que sigo, que voy a pelear por transformar y dar sentido de un modo positivo, a esa fuerza, a esa pasión que cumple su 20 aniversario, motivo suficiente para darle el valor que se merece.

Daros las gracias a los que os habéis identificado con el sufrimiento del texto porqué lo vivistéis de cerca y por respetarme ir un poco a contracorriente con él, ya que se aparta de la “buena práctica” que se espera de alguién que está en una posición como la mía.

Pasión es ante todo singularidad. Se alcanza la muerte en vida, la nada en ser.

Eugenio Trías.

Disciplina, Laissez-faire, Liderazgo… ¿Dónde estamos?

Hace meses que no escribo y hoy no había de ser una excepción, salvo porque en Twitter a veces existe y se da la provocación, en términos positivos claro está. Un tweet de Juany Navarro (@JGNpsico), la curiosidad de Luis Prado (@cholinho) y el inconformismo de ambos han hecho posible que ahora esté aquí delante del ordenador, pronto y dispuesto, a intentar poner en orden algunas ideas que revolotean por mi cabeza sobre el tema del que los tres hemos acordado que escribiríamos.

Con este tweet empezó este pequeño desafío. Gracias amigos, a veces necesitamos estímulos y hoy ustedes me lo han dado.

Sugieren que escriba de entrenadores, de entrenadores ayudantes, de disciplina, de liderazgo… y vaya por delante que el tema me queda grande. Hay grandes profesionales y expertos en la materia, magníficos documentos y algún que otro libro imprescindible de los que aprender de verdad.

Escribiré desde mi experiencia como entrenador, pero no de esa que se mide en años, sino de esa que paulatinamente, ha ido agrietando mi piel, la que ha desarrollado el tacto en la punta de mis yemas, me ha enseñado el valor de un abrazo, la que me ha cambiado la profundidad de mi mirada y ha expandido mi mente.

Experiencia no son sumar años, más que lo saben. Son gente, lugares, conversaciones, viajes, libros, lo que ganas, lo que pierdes, lo que recibes, lo que entregas, la victoria, el fracaso, la alegría, la tristeza, la soledad, el vacío… el amor, la frustración, la incertidumbre.

Estoy seguro que hay una serie de características que definen al buen entrenador, al buen líder y al buen empresario. Pero no me veo capaz de citarlas como dogma de fe, como características imprescindibles. ¿Cómo podemos definir unas cualidades imprescindibles si como seres humanos todos somos prescindibles? Con o sin nosotros la rueda continuará girando.

Empezaré mi humilde aportación en un escenario que nada tiene que ver, por ejemplo, con una cancha de baloncesto, un campo de futbol o una pista de tenis. Os voy a situar en un parque. El parque donde salimos a pasear con mi perro, donde pasamos largos ratos en los cuales, no pocas veces, he aprovechado para pensar e intentar, con poca fortuna, reordenar mi caos particular.

Shooter es movido, nervioso y si lo suelto y vamos él y yo tiene tendencia a marcharse, a hacer su camino sin esperarme aunque siempre me echa un ojo, me tiene controlado y sigue adelante.

Si no lo suelto, le dejo correa, bastante larga para que no se sienta asfixiado, atado y sin poca movilidad. Este hecho ha acarreado la “reprimenda” de muchos expertos en adiestramiento de perros. No profesionales, gente como yo, pero con un grado en educación canina. Lo hago mal, de hecho, lo hice mal, no hay arreglo. El perro me domina, hace lo que quiere.

¿Saben? Yo mejor que ellos conozco a mi perro, las circunstancias en las que vive, su situación y lo que creo yo que mejor le va para que poco a poco aprenda las cosas que, en nuestro contexto quiero que aprenda y sobretodo para verle feliz.

Casi siempre me hago dos preguntas a mi mismo:

¿Por qué cuando llueve o es fin de semana no veo a esos “expertos” a la hora habitual de su paseo? Uno está ahí para él, para su momento, hay que respetarlo.

¿Por qué, pese a lo mal que lo educo, me sigue, se convierte en mi sombra a cada paso que doy y me quiere? Todos necesitamos sentirnos queridos.

Saquen ustedes mismos las conclusiones que se puedan sacar de éste contexto y si hay algo que puedan aprovechar para la materia que, se supone, trata este artículo.

Disciplina es una palabra que suena mal en estos tiempos contemporáneos. Impuesta a ciertas edades avanzadas tiene un efecto efervescente en los grupos, equipos o corporaciones pero aprendida a edades prematuras puede tener un efecto durable en el tiempo, permanente en el individuo y donde sea que se encuentre.

Es complejo aseverar algo en este sentido. No soy capaz. Me atrae la idea romántica que la mejor disciplina para un niño será aquella que se basa en una serie de hábitos y conductas aprendidas a una edad no muy avanzada. Aquella que proviene de convencer al jugador  a hacer las cosas de una determinada manera, buscando el porque que nos acerque a los objetivos individuales y colectivos marcados al inicio de temporada y la que sugiere que siempre habrá espacio para llenarlo de nuevos contenidos, de nuevos aprendizajes y por lo tanto la que someterá constantemente la voluntad del jugador.

Sugerir, enseñar, exigir, convencer, negociar, adaptar, respetar. Esos verbos son los que asocio a la disciplina deportiva contemporánea. Cualquier otra cosa, difícilmente me va a convencer. Insisto en que el carácter propio de la palabra, hay que utilizarlo sabiendo siempre donde estamos y a quien nos dirigimos.

¿Cómo ha der ser el entrenador? Corta y llanamente él mismo, con su personalidad, pero sobretodo como él siente en cada momento. No nos dirigimos a un solo tipo de personalidad, no nos sentimos de la misma manera cada día; hay que aprender a conocerse uno mismo y a partir de ahí tratar la gestión propia de las emociones, compatibilizándola con la gestión de las distintas individidualidades que conviven en un vestuario.

Llegado a este encuentro deriva la gestión de una alma colectiva de nueva creación, que dependerá de cada uno de los integrantes que formen el equipo.

¿El entrenador ayudante debe ser el contrapunto al primer entrenador? Pues no lo se. Yo se el tipo de persona que quiero a mi lado. También se el ideal de entrenador ayudante que querría. Pero cuando me muevo, me desplazo, cambio de equipo, en los entornos que nos movemos, por las dificultades financieras en otros casos, uno no siempre dispone la posibilidad de ir de la mano con quien quiere.

¿Sólo? Es una opción, pero el intercambio es necesario y enriquecedor. Y no solo de puntos de vista tácticos, no. Hablo de esa mirada de complicidad, de esa palabra amable de apoyo o de esos silencios que hablan de respeto.

Este tipo de relaciones las conforma el tiempo, las amolda el caracter, la personalidad, el gusto, la exigencia y el grado de compromiso de cada uno. Estamos acostumbrados a ver parejas de entrenadores que han triunfado en el deporte y queremos copiar su ejemplo. Pero es difícil, porque somos diferentes, porque estamos en ambientes y contextos opuestos y porque su relación puede tener también un grado de circunstancialidad que a veces desde fuera no somos capaces de medir ni valorar.

Es otro tipo de viaje, otro tipo de enseñanza y otra forma de ¿liderazgo? construir las relaciones entre el cuerpo técnico. Invertir tiempo en este aspecto, hablo por mi, me ha dado muchos y grandes aprendizajes en relación a conocerme y formarme como entrenador y principalmente como persona.

Y para concluir: Liderazgo.

No me veo capaz de hacer frente a todos los profesionales y entendidos en la materia. Pero me atrevo a decir que poco a poco el concepto se va vanalizando de tanto usarlo. Pasa con muchos otros aspectos, por ejemplo, y me entenderan, con los famosos valores.

¿Te preguntas a menudo si eres un buen líder? Yo no.

Prevalece el entrenador por encima del líder en mi interior. Es lo único que se. Y las pocas veces que me lo cuestiono es cuando el equipo está atravesando un mal momento, que puede coincidir por malos resultados o simplemente porque ves en la mirada de tus jugadores, que entre ellos y tu hay un abismo de distancia.

Liderar no depende de uno solo. Entrenaremos a distintos equipos a lo largo  de nuestra trayectoria deportiva, a un sinfin de jugadores, en entornos diversos y culturas múltiples. ¿Cómo se ejerce un estilo único de liderazgo, válido dónde sea y para quien sea? No me atrevo a caracterizar este estilo del que hablo.

Releí hace poco “Canastas Sagradas”, uno de los libros de Phil Jackson, entrenador de baloncesto y campeón de la NBA en once ocasiones. Os dejo un pasaje que menciona en su libro, para cerrar este artículo y dar fuerza a mi idea que el liderazgo no depende solo de nostros, como entrenadores:

Ahora ésta es la ley de la jungla,

tan vieja y tan verdadera como el cielo;

y el lobo que la mantenga prosperará,

y el lobo que la rompa debe morir.

Como la enredadera que ciñe el tronco del árbol,

la ley funciona adelante y atrás,

ya que la fuerza de la manada es el lobo,

y la fuerza del lobo es la manada.

(Rudyard Kipling)

Ah! No os perdáis los artículos que Juany y Luis estan preparando en relación a esta materia, porque estoy seguro que seran un buen lugar de anclaje para nuestra reflexión y aprendizaje continuo.

Gracias Juany; gracias Luis.

Enseñanzas que guiaron los primeros pasos de un Entrenador

De mi padre, que en paz descanse, entre otros recuerdos, voy a tener siempre presente tres instantes que derivaron, de algún modo, en una forma de aprendizaje.

El primero de ellos se produjo durante la celebración de un evento familiar. Acalló el griterío, puso fin a una de las conversaciones que mantendría con uno de mis tios y reclamó expresamente mi atención con tres palabras:

Dignidad, Lealtad y Tolerancia

“Dignidad, lealtad y tolerancia hijo; tenlas siempre muy presentes allá donde te encuentres”. Imposible de olvidar ese momento pero en especial esas tres palabras que me han acompañado desde ese preciso instante en las que cobraron vida en boca de mi padre.

El segundo momento que voy a recordar para siempre, se repetía prácticamente muchas noches de verano, especialmente aquellas semanas en las que acostumbraba a ayudarle en la fábrica en la que trabajaba. Durante el día observaba un hombre liderando con absoluta autoridad y firmeza a su equipo de trabajo; cuando llegaba la noche y en la pequeña terraza exterior de la casa, ese hombre mostraba una fragilidad conversando con su hijo, que contrastaba con esa seguridad y fortaleza con la que cada día ejecutaba su trabajo.

Liderazgo y Vulnerabilidad

Por último, tomé como aprendizaje su repentina, súbita y definitiva ausencia. No que la vida es muy corta y hay que aprovechar cada día, sino que uno no puede fiarse ni de su propio padre.

Confianza

 

Cuando empecé a ejercer de entrenador iba con lo puesto: cuatro notas mentales, entrenamientos preparados con una selección concienzuda de ejercicios del primer libro de baloncesto que tuve entre mis manos, un recuerdo particular que decidí tomar de cada uno de los entrenadores que tuve en mi etapa de jugador y, por supuesto, esas tres palabras que en su día me regaló mi progenitor, Dignidad, Lealtad y Tolerancia.

Han pasado ya muchos años desde esa temporada que suponía el pistoletazo de salida a una nueva forma de entender y participar en el deporte, una desconocida, a priori, búsqueda de un estilo de vida y una incontrolable pulsión a medida que ha ido transcurriendo el tiempo. El valor que para mi tenían, entonces, esos tres conceptos por separado, se ha transformado en la interiorización de tres valores que quiero que definan y caractericen mi persona.

Una temporada más y pronto habrá que decidir por donde seguir cada uno su camino.

Se honesto contigo mismo, da el siguiente paso con la carga que tu decidas acarrear, ni más ni menos, esa por la que sabrás valorar lo que te ha costado llegar hasta aquí,  el esfuerzo, las oportunidades y renuncias que suponen. Vayas donde vayas un altavoz de grandes dimensiones repercutirá en tu cabeza. No lo evites, escucha lo que emite, deja que pase y, según tu, toma nota de lo que debas tomar nota en ese pequeño cuaderno de viaje, que se acaba convirtiendo en aquel amigo a quien, por mucho que pase el tiempo, sabes exactamente donde encontrarlo y sin miedo alguno, empezar por el capítulo que sea, a sabiendas de no sentirte nunca enjuiciado.

Entrégate y respeta a todos esos compañeros de viaje que en ningún momento te han dejado solo, que han tenido el valor de criticarte de frente y a la vez resguardar tu espalda de cualquier ataque externo. Prepárate y acepta ser el siguiente en velar por los intereses de alguien que decida depositar toda su confianza en ti. Acepta y disfruta del valor de esa responsabilidad. Desde el primer hasta el último día, especialmente los días que preceden ese último, en los que parece que seamos presa de arenas movedizas, donde nada parece que esté sujeto a nuestro control y nos sumimos en una inercia que nos lleva a quebrantar en horas algo que solo el paso del tiempo, los días, los meses, los años fueron capaces de unir y compactar.

Abre los ojos y se consciente de donde te encuentras, con quien estás, a donde vas y si vas solo o acompañado, respétate o respeta porque no siempre coincidiremos en nuestras apreciaciones, deseos y voluntades; difícil tarea para uno mismo, imagina con otros, que como tu, tienen sus prioridades, sus metas, sus sueños y sienten, de vez en cuando o casi siempre esa pulsión que un día tu sentiste y fuiste capaz de reconocer. Pueden no alinearse con tu trazado, pero siempre te van a ayudar a identificar en que punto te encuentras.

Lee todos los libros de liderazgo que te apetezcan o te recomienden, asiste a todas las charlas motivacionales que se den a lo largo y ancho de tu zona geográfica en la que te encuentres, pero cuando llegue el momento se tu mismo, porque si enfrentas una tarea como la de ponerse delante de un equipo, del tipo que sea, el valor de afrontar reto de tal tamaño, habla por si solo de ti. Conócete, lidera desde dentro, desde quien eres. Cada equipo requiere un tipo de liderazgo y no el liderazgo de uno o varios que son referencia por su éxito pasado, presente y futuro a corto plazo. Se tu mismo, nadie mejor que tu sabe hasta donde estás dispuesto a exponer tus límites.

Por último, date otra oportunidad aunque vengas de la mayor sensación de fracaso que nunca hayas sentido. Que caerse  y levantarse se convierta en tu única rutina. Que con tu siguiente acción, tu énesima elección y la recién decisión tomada, tu mismo estés creando ese gran salto al vacío que requiera más y más músculo si no quieres, definitivamente poner fin a esa bendita rutina.

Y ya que te obsequias con una nueva oportunidad compártela con el resto, se generoso y bríndasela a todo aquel que crees que se la merece sin ningún tipo de miedo. Pase lo que pase, para bien o para mal, recuerda: decidiste volver a darte otra oportunidad.

¿Acaso no aceptas el juego? Si uno juega, tarde o temprano comete un error ¿no sería injusto que no tuvieras tu siguiente oportunidad, sea donde sea? Todos tenemos derecho a volver a empezar.

Finalmente entendí que no fiarse uno, ni de su propio padre, es absurdo. Asumo mi error.

Todo pasa, todo cambia. En la vida, en el deporte todo se reduce a una simple, por concepto, pero a la vez compleja, por resolución, cuestión de espacio y tiempo.

A este punto, se valiente. 

Gracias papa, por construir ese puente, al otro lado del cual, esperaba la escuela de la vida. 

Me di cuenta tarde.

Sospecho de la Pasión

Como aquel amor imposible, que se quiere, que se desea pero se encuentra tarde, fuera de tiempo y de lugar y que se consume a tal velocidad que sin darte cuenta te devuelve a su estado original. Es ahí donde todo vuelve a cobrar sentido. Ese quiero y no puedo. Ese quiero y no debo. Pero al fin y al cabo nuestro quilometro cero para las nuevas situaciones que nos acabará deparando la vida.

No está en nuestras manos hacernos con su control. Simplemente llega, hay que abrazarla, sentirla y aceptar esa pulsión que nos domina pero que a la vez nos transforma en otro ser que habita en el absoluto, la plenitud, la fluencia de pensamientos y sensaciones entregadas a una causa, un momento, a otro ser.

¿Mi pasión es el baloncesto? ¿O es ser entrenador de baloncesto? ¿Quizá mi pasión tal vez sea un estilo de vida deseado, en el que el rol de entrenador y el tipo de deporte me lo sugieren?

Durante todos estos años dedicados al entrenamiento ha habido distintas fases que ahora soy capaz de reconocer, sin saber en absoluto las que aún estan por llegar y que ni mi intuición es capaz de albergar. Empecé con absoluta ingenuidad a entrenar, no era por ganar un poco de dinero, ni por una oportunidad de afirmación personal, ni una pretensión laboral ni una locura propia de adolescente que pudiera estar cerca de catalogar esa decisión fruto de la pasión.

Antaño no estaba de moda hablar de pasión. Ni había la accesibilidad a los pocos canales que si pudieran hacerlo. Con 17 años les juro que no sabía lo que era sentir pasión. Nadie me lo enseñó ni nadie fue capaz de hablarme de ella. No pongo en duda que se pudiera sentir y que los jovenes de hoy la puedan sentir. Yo no la sentía.

Pero a medida que transcurren los meses, las temporadas, las generaciones de niños y niñas que entrenas, las escuelas y clubs por los que pasas van trazando un camino y en ese camino, la persona que lo transita cambia de piel; ese ingenuo joven que empezó a entrenar ya siente otro tipo de cosas, ya es más racional en la toma de decisiones, ya hay planes y objetivos y no estás solo en un mundo ferozmente competitivo. Das con la existencia de lo bueno y lo malo, lo que se debe y lo que no se debe, lo permitido y lo prohibido, el qué, el cuánto y el cómo que te ubica en otro estadio de ¿sabiduría?… y tantas y tantas cosas, generales y específicas del deporte en cuestión.

Te preparas, haces cursos, compras y lees libros -porque hay que leerlos, con solo hacerse con ellos no acumulas conocimiento- te adentras en asociaciones, en revistas especializadas, aprendes a ver el baloncesto desde otra perspectiva lejos de la de aficionado, estudias y analizas los partidos y empiezas a acumular y acumular, papeles llenos de gráficos, notas, listas, videos de partidos y horas de sueño, muchas horas de sueño.

Conoces gente que como tu también son entrenadores, muchos de ellos con más experiencia, otros más noveles, distintos niveles, distintos conocimientos y modos de ver el mundo del entrenamiento. Eliges con quien vas y con quien no. Eliges que te quedas de uno y que rechazas de otro, perdón eso no es estrictamente cierto, porque al final te quedas con lo que puedes incorporar, lo que rechazas simplemente no está, nunca estará para ser escogido. Eliges lo que te gusta de cierta gente, no de toda la gente que cruzas en tu camino.

Sientes miedo, unos más que otros por supuesto. Somos tantos, descubres que hay tanto por conocer, que en momentos te supera, te hace dudar del camino que un día empezó, sin más pretensión que entrenar a un grupo de chavales. Llegado a ese punto empiezas a conocerte un poquito más a ti mismo, decides lo que quieres y lo que no quieres y eso se traduce simple y llanamente con quien vas y con quien no vas. Debes decidir si vas a formar parte de un círculo poco virtuoso o te vas instalar en el mundo que empezaste a construir desde la ingenuidad. La elección te condiciona, ya nada es igual.

Seguía sin saber nada de lo que era pasión. Estaba claro que una fuerte conexión con el hecho de entrenar existía, te llenaba la cabeza de pensamientos y de gráficos los apuntes de la facultad. Cambió prioridades sin tu darte cuenta, solo con el tiempo, pero no en ese preciso instante. Es absolutamente mágico levantarte un día y descubrir que estás hecho de otros pensamientos, de otra visión, de otras prioridades y tu no decidiste conscientemente ese cambio.

Llegó un momento en la vida que el baloncesto me dió la oportunidad de vivir de manera profesional, de ganarme un sueldo cada mes, ejerciendo solo de entrenador, con muchas tareas que hacer, varios equipos que entrenar, etc… Yo siempre lo he llamado ser profesional del baloncesto pero en entornos absolutamente amateurs, con un punto de locura altamente gratificante. Se lo debo todo, absolutamente todo.

Es ahí donde empieza a construirse ese salto al vacio unos metros más allá de donde te encuentras. Tu vida cambia, tus elecciones y renuncias parecen tener una densidad distinta, pesan mucho más. Ya nada es lo mismo. Condiciona a tu familia, a tus amigos, a tu pareja, a tus estudios, a tu supuesto plan de vida concebido, a tu futuro y a tu estado emocional, porqué deberás prepararte para aceptar una responsabilidad distinta a la que conocías. Deberás prepararte emocionalmente para estar en condiciones de pegar un buen salto siempre que se requiera. El vacío se construye cada día, a unos metros de tí, ajeno a tu actividad, ajeno a lo que en cada momento sientes; cada día es más profundo.

¿Sentía pasión? No. ¿Locura? Puede que estuviese más cercano a ese desecuentro con la cordura, con lo supuestos teóricos dictados por la mayoría.

La tan nombrada suerte de vivir con lo que te gusta, de trabajar como entrenador de baloncesto, es que te alejas de un mundo muy particular en el que has recibido tu educación, te alejas de tus amigos, te alejas de tus sitios favoritos, de tus costumbres; de lo que debía ser, de lo que debía hacer… Pero las reemplazas temporalmente por otras. Y así sucesivamente una vez entras en esta espiral de perseguir ese estilo de vida, de vivir con esa profesión, que a estas alturas del texto aún no me atrevo a llamar pasión.

Ese reemplazo temporal, particular de cada sitio donde habitas, donde trabajas, se transforma en un estadio sólido donde se construyen nuevos muros y te marcan nuevos límites que entender, aceptar y tratar de superar.

Es ese momento en que crees traspasar nuevos límites, por la excepcionalidad de tus acciones, por la valentía de tus decisiones, por transitar caminos en solitario que descubres conceptos como la pasión. Te definen desde fuera, la excepcionalidad te hace apasionado. Es una etiqueta positiva a priori, “siente pasión” dicen. Lo incorporas en tu discurso interno, ese que puede ser tan peligroso y dañino con uno mismo. Más músculo para dar ese salto las veces que se requiera.

Pero la pasión al fin y al cabo es una moda externa, no forma parte de ti, no empieza como tal, simplemente es una pulsión incontrolable. Después de tantos años entrenando, con la certeza de que quiero seguir haciéndolo, después de haber padecido y sufrido por cada salto al vacio que he decidido acometer, no puedo dejar en manos de la pasión todo esta obra que uno intenta materializar.

La suerte de poder hacer y tener claro lo que te gusta, para poder dedicarte en cuerpo y alma, creo que reside en una etapa anterior, cuando somos niños, cuando nos apoderamos de la ingenuidad simplemente porque no sabemos que es tal. Ese momento de descubrimiento, que se va formando a través de la educación, del entorno en el que te ha tocado vivir, de la cultura y de las personas que te guían en los primeros años de tu vida, es un momento de reposo, donde las cosas van tomando cuerpo. No hay lugar para la pasión en ese punto.

Hay momentos de pasión, que te dan y que te quitan, pero es tanto lo que te da y tan importante a la vez, que no concibes que escape a tu control. Y es tanto lo que te quita, la renuncia personal llega a ser tan grande a veces, que no puedes evadirte de esa responsabilidad.

La moda en la que hemos instalado entre todos la pasión ha hecho que la sustituya por la búsqueda de un estilo de vida… pero como recordarán algunos compañeros que me encontrado durante mi camino, sigo preguntándome, desde esa noche de Navidad de 2011, por su orígen, de dónde nace.

Sospecho de la Pasión.

Pero la vida es un imperceptible y constante cambio y una fuerza concentrada como es la que la pasión sugiere debe tener algo que ver en ello.

Mientras, seguiremos nuestro camino.