Nada nunca acaba si algo o alguién te lo recuerda.

Quería contar que teminaba una etapa y que volvía a casa, pero ahora tengo que escribir que me marcho de nuevo al país, Irlanda, que me acogió el año pasado.

Tres meses antes sentía la necesidad de poner punto y final con un escrito que recogiera, pues ya saben, algún aprendizaje, algunos fracasos y un saco de emociones. Pero las palabras no salían y quedaron encerradas en una mente agotada y un corazón triste.

Después lo que vino fueron meses de zozobra, de oportunidades e incertidumbres, de idas y venidas, de encuentros inquietantes y retiradas a tiempo o destiempo según el prisma en que se mire; cubiertos por el manto confuso de la esperanza y la expectativa.

Escribo para mi y escribo para todos aquellos que sé que me siguen, y para quien se pueda sentir identificado en la expresión de las emociones y pensamientos que pretenden cubrir este texto. Porque sé que muchos sentimos y pensamos de una forma parecida, en cosas que nos da respeto ponerles nombre y apellidos, cuerpo y voz.

La que va a empezar el lunes 17 de agosto va a ser mi 20ª temporada como monitor, formador y entrenador de baloncesto. Tuve el anhelo de que esa efeméride fuese especial, más bien, que me hiciera sentir especial. Pero no lo siento así, no pasa nada, me digo. Pero si que pasa.

Cumpliré mi objetivo de seguir entrenando fuera de España, quizá porque no tengo la esperanza, a corto plazo, de que surja algo que me rete y me permita,como entrenador, explorar nuevos horizontes en el mundo del entrenamiento, que me exija de mi mismo y me lleve a ese estadio de vivir profesionalmente en un club profesional. No tengo miedo de confesarlo, como no lo tiene el niño de 14 años que aspira algún día jugar en la NBA.

Seguiré con la oportunidad de mejorar mi inglés, como les digo a mis amigos, aparte de seguir siendo profesional de “ésto”. Pero cuando me oigo a mi mismo expresarme así, me doy cuenta que algo no funciona. La ilusión se está resquebrajando. ¿Sigo agotado de una temporada que me llevó al límite? ¿Estoy decepcionado por mis expectativas? ¿Me ha dejado de gustar el baloncesto? Pregunta que cobra sentido cuando llevo poco más de un mes sin ver un partido. Aquellos que me conocen un poquito entienden que no hay que dejar de lado ese síntoma pese a que el remedio a venido en forma de un incesante flujo de lectura.

He pasado tanto miedo estas últimas semanas que hoy no me averguenza escribir esto que va en contra de cualquier manual de psicología positiva y la motivación que, en el ámbito puramente deportivo, se supone en todas las declaraciones de entrenadores que recién han empezado o empezarán sus respectivas pretemporadas con sus equipos.

Quizá solo esté pidiendo ayuda, puede que incluso esté ayudando a alguien que sienta algo similar, no lo sé. Solo sé que hay una fuerza que es la causante que hoy me atreva a escribir, la misma que me impide tirar la toalla y dejarlo todo, cuando no han sido pocas las veces que lo hubiera hecho.

Todo lo bueno de tener un hobby lo tiene de malo cuando este se convierte en tu profesión. Pero somos felices y afortunados de saber y sobretodo hacer lo que nos gusta. Tengo ganas de decir que no siempre es así, pese a que hay algo de cierto en la anterior afirmación, por supuesto. Confundimos con demasiada frecuencia que la excepcionalidad va ligada con el valor absoluto, que el tránsito no es posible, que la transformación no tiene cabida y los caminos son solo de un solo sentido. Me rebelo contra esta corriente de pensamiento o juicio de valor.

Todo lo bueno de conocer, de viajar, de trabajar en distintos sitios lo tiene de malo en la progresiva desaparición de los vínculos que has establecido. Pasas del miedo a perderlos a una esperanza de crear de nuevos; de evidenciar la dificultad de tal supuesto a la aceptación. ¿Cuándo lo aceptas termina todo, sueltas amarras y sigues adelante? Si, por supuesto, sigues adelante, pero la aceptación no acaba con la virulencia con que, a veces hace acto de presencia, la soledad.

Todo lo bueno de tener la confianza de tus seres queridos lo tiene de malo no ser capaz de corresponderles, porque el día día se te lleva, la distancia enfría y los abrazos que no se dan te sumergen en una profunda melancolía.

Me pregunto si esa fuerza que me impide abandonar tiene algo que ver con eso que tanto hablamos ultimamente los entrenadores, los coaches y psicológos de la pasión.

Encontré hace algún tiempo una definición de la pasión, en clave “moderna” que dice así:

Es una inclinación exclusiva hacia un objeto, estado afectivo, duradero y violento en el cual se produce un desequilibrio psicológico. El objeto de la pasión ocupa excesivamente el espíritu.

Me pregunto si es ahora en que me encuentro en ese mismo punto.

El filósofo Eugenio Trias, en su “Tratado de la Pasión” define un estado de partida en el que se encuentra la pasión con el objetivo de cambiar absolutamente su sentido, durante el mismo:

La pasión es un veneno que nos destruye, hay que rehuirla. Dejarse envenenar en aras del placer o de un ideal estético nos enajena y nos excluye, traicionando la colectividad uniforme y resignada.

Este tratado persigue derribar los prejuicios que confieren un carácter nocivo y mortal a la pasión para transformarla en un principio dinámico de vida.

¿Es hora de afrontar ese proceso? Tal vez si.

Voy a empezar una temporada desde otra posición, con otra perspectiva en cuanto a objetivos individuales. Tengo la suerte que podré hacerlo desde la cancha de baloncesto, ese lugar donde desparramas toda tu esencia. Porque como muchos ya sabéis y de grandes entrenadores lo hemos oido “un entrenador debe entrenar, debe estar en la cancha, sea en el nivel que sea”.

El lunes empiezo una nueva etapa en Dublín como entrenador principal de la North Atlantic Basketball Academy (N.A.B.A) y las Liffey Celtics de la Premier League con el objetivo que todas las partes sigamos creciendo. Desde la humildad que reconozco, me faltó la temporada pasada, con el respeto que me merecen ambas instituciones, su gente, su cultura y su manera de hacer, pensar y vivir.

Hace un año anunciaba con inmensa alegría e ilusión mi nuevo  destino profesional, la oportunidad de entrenar en el extranjero. Me he peleado cientos de veces conmigo mismo, en vano, con tal de sentir esa emoción de nuevo. Hasta que he entendido que parto desde otro punto, otro estado emocional desde el que redirigir los objetivos que me atañen tanto en el aspecto profesional como en el personal, tantas y tantas veces descuidado.

Hoy anuncio que me he dado otra oportunidad, que sigo, que voy a pelear por transformar y dar sentido de un modo positivo, a esa fuerza, a esa pasión que cumple su 20 aniversario, motivo suficiente para darle el valor que se merece.

Daros las gracias a los que os habéis identificado con el sufrimiento del texto porqué lo vivistéis de cerca y por respetarme ir un poco a contracorriente con él, ya que se aparta de la “buena práctica” que se espera de alguién que está en una posición como la mía.

Pasión es ante todo singularidad. Se alcanza la muerte en vida, la nada en ser.

Eugenio Trías.

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